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Noticias Sabado 2

Fue pionero de los profesores de yoga portugueses cuando, todavía, no se relacionaba esa palabra sánscrita y milenaria a Sting, ni a Madonna al negocio del nirvana.

Carlos Rui, 49 años, fundador del Centro Portugués de Yoga (www.cpyoga.com), prefiere el término instructor al de maestro, título que dice ser más adecuado para fontaneros y carpinteros. En medio de la excitación de la moda del yoga, no hace publicidad de su escuela, no se deja fotografía “en acción”, no vende libros, inciensos o pociones mágicas, y sólo da entrevistas cuando el rey cumple años. Cree que la felicidad es un proyecto de vida y que el yoga puede servir de ayuda – si así lo quiere el alumno.

Se vende una idea occidentalizada del yoga como una especie de gimnasia exótica de efectos milagrosos. ¿Es esa la forma de captar clientela?

Carlos Rui – El yoga no pretende ser una actividad gimnástica, ni tampoco pretende ocupar un espacio de higiene. No es ese su objetivo, aunque en Occidente la limpieza haya ganado tantos adeptos, sobre todo desde la invención de los jabones. Sin embargo es preferible que las personas se muevan, aunque sea de forma higiénica, a que no lo hagan. Pero eso subvierte el objetivo del yoga, que es la transformación del cuerpo y de la consciencia del individuo, en el sentido del autoconocimiento.

 

Un sujeto vicioso, fumador, amigo del tinto (o de la ginginha), ¿está condenado a la inconsciencia, o sólo le demora más tiempo llegar allá, sea donde sea ello que fuere?

Carlos Rui – No es necesario que la persona haga nada de eso. Una cosa es coger a personas que tiene una vida disgregada – en el sentido  de violentar su propio cuerpo y no respetar el ciclo denominado animal y transportarlas a un estado de normalidad. Eso es bueno, y las personas se sienten muy bien. Es casi un momento terapéutico que da lugar a comentarios del tipo “qué fantástico, cambió de vida, dejó de fumar, tiene más cuidado con la alimentación, presta más atención al descanso”. Sin eso, es difícil mantener la práctica de yoga. Para poder hacer yoga hay que partir de ahí. Después viene la integración de los movimientos (los llamados “asanas”), que deben ser realizados de modo natural, no de una forma reprimida o censurada. Ese tipo de obligatoriedad de cumplir una rutina, nunca trae beneficios para el que opta por esa decisión, excepto si lo hiciera por libre voluntad.

 

Equipara el yoga con un arte. ¿Es un arte con fines creativos o lucrativos?

Carlos Rui – No vendemos el yoga a metro cuadrado, aunque haya quien lo haga. El yoga es un arte y tiene sus reglas, como cualquier tipo de arte. Sigue principios idénticos a la escultura, la pintura, la literatura, … tratamos de ambas partes, emocional y material. La mente dispone de herramientas con las que “esculpimos” nuestra existencia. El hecho de visualizar sistemáticamente el mundo que todavía no existe, nos conduce a crear una tendencia a que se materialice. Esa es también una de nuestras preocupaciones, que las personas se aperciban de la energía y de la fuerza que les proporciona el yoga. Podemos utilizar ese fenómeno. El hecho de que las personas estén bien y sean felices puede ser una técnica.

 

El violinista y maestro Yehuldi Menuhim, practicante de yoga y amigo de un referente en la enseñanza de la práctica de yoga, el profesor Iyengar, hablaba de un refinamiento progresivo, como el de tocar un instrumento. ¿Es su método de enseñanza?

Carlos Rui – Y decía muy bien … Está implícito en la práctica el concepto de sensibilidad, que es algo que nos trasciende. El yoga es un arte de desarrollo interior, pero para concretar en tiempo real. No es para decir: bueno, si no es en esta vida, será en otra. El abordaje que hacemos es para que en un espacio relativamente corto –algunos años- consigamos los objetivos del yoga. Si no, entramos en el campo de la suposición y estamos vendiendo ilusiones.

 

Existe alguna forma de “vender los peces” de los milagros del yoga sin que sea un bombardeo comercial?

Carlos Rui – Lo que me choca no es lo que se ve en el exterior, el marketing y la publicidad. A veces hasta consiguen soluciones creativas interesantes. Lo que me incomoda es que algunos movimientos apellidados de escuelas de yoga usen con las personas una relación manipuladora que no va a contribuir a la salud mental y la integridad física de los practicantes. Partiendo del presupuesto de que van a manipular, deformar, utilizar y echar fuera cuando el material humano deje de tener interés. Eso sí que me deja aprensivo. No es un fenómeno ocasional. Existe, está instalado y puede ser verificado. Puede ser un problema serio para personas más frágiles y sensibles, que entran en el mundo del yoga a corazón abierto.

 

Frecuentó esas casas?

Carlos Rui – Sí, pasé por esas películas, pero no voy a dar nombres. Cuando hablo nunca lo hago de algo que no haya vivido la experiencia o de la que no tenga un conocimiento claro. Además de mi experiencia, ya me llegan aquí estudiantes en muy mal estado, llenos de ideas hechas sobre la ascesis. La vida aquí es mucho más pragmática. No somos aves exóticas. No fluctuamos.

 

En su caso, ¿qué le fascinó del yoga?

Carlos Rui – Empecé a practicar en 1977. Era el momento de la rebeldía juvenil, cuando todavía la persona no ha decidido qué cosa hacer con su vida. Sólo sabía que no quería aceptar el “status quo”, no me interesaba tener un empleo fijo o sacar una carrera superior por deber u obligación.

 

Y entonces, el yoga fue encarado como una futura profesión?

Carlos Rui – Fue encarado como un proyecto de vida. Y los costes fueron altísimos, pues no había escuelas donde aprender. Apenas existía un movimiento macrobiótico y vegetariano. Jugaba ajedrez en el Ateneo, cuando me encontré con un señor muy interesante, el señor Unas, que era un retornado luso-hindú, venido de Mozambique. Resultaba fantástico que él, a pesar de los muchos años que tenía, consiguiera mantener la concentración durante tanto tiempo y ganar la mayor parte de las veces. Las personas se emocionan, incluso hasta jugando al ajedréz, pero el señor Unas no movía ni una pestaña. Estaba siempre en ese estado de sosiego de un santo. Vine a descubrir que él practicaba yoga, y algún tiempo después me ofreció un libro de Hatha-Yoga, de António Blay, y a partir de entonces comencé a practicar.

 

Después del 25 de Abril, ¿quién hacía yoga era considerado un elemento subversivo?

Carlos Rui – En esa altura no existían células para agrupar. Era un movimiento incipiente y “naif”. Había un movimiento comunista y socialista muy fuerte y yo no estaba interesado en esos festivales. No es que no encontrara (y no encuentro) a la política relevante para la vida social, pero no era (y no es) una prioridad.

 

La India es la cuna del yoga, pero los hidúes comunes, poco o nada se interesan por ese asunto, excepto si es como un negocio para atraer a turistas zen. ¿Está de acuerdo?

Carlos Rui – De hecho, esa es una lectura posible, pero India continua siendo el país de orígen y donde están algunos de los mejores “ashrams” (escuelas). En la primera visita tuve una primera reacción de deslumbramiento y de rechazo a la vez. A mi regreso, en el avión, me decía “nunca más volveré a India”. Pero no por el yoga, sino por el choque cultural, la pobreza explícita. En cuanto al yoga, iba a la búsqueda, no tenía un lugar definido para practicar.

 

Cuándo aparece Iyengar en su vida, en esa altura ¿ya era una especie de Dios tan popular en Occidente como Mohammed Ali?

Carlos Rui – Tenía un libro de los más desconocidos, que contenía clases. En ese tiempo no había Google (risas). Una de las personas que me hablaron de Iyengar en la India fue un taxista que tenía un Ôm (símbolo de Dios) en el salpicadero –algo que encontré espantoso, pero que al fin,  era algo trivial. Me habló de él como un individuo que hacía programas de televisón, que era una celebridad y que tenía una escuela en Puna. Iyenga es un innovador, en un marco sin contorno del yoga contemporáneo occidentalizado. Consiguió crear escuela dentro de patrones que son aceptados y que Occidente necesita. El yoga siempre fue un arte contestatario y revolucionario, en el sentido de ir en contra del “status quo”. Promueve la individualidad del practicante, de ahí que las escuelas deban ser espacios para la libertad interior y no templos de veneración del maestro. Claro que pensar así no es conveniente para un mundo y una enseñanza controladores, que pretenden formatear a las personas y conducirlas a que interpreten su propaganda como si fuera la biblia.

 

¿Es por eso que rechaza abrir una escuela adscrita a la enseñanza de Iyengar, como ya le ha sido propuesto?

Carlos Rui – Se debe a querer mantener la autonomía de mi eseñanza, y a que las reglas de Iyengar son limitativas. Y también a mi anarquía natural ante las instituciones.

 

¿Existen muchos mitos y equívocos para quién busca el yoga, sobre todo en la parte de la conquista espiritual?

Carlos Rui – No usamos estos términos por pudor hacia el camino individual del practicante. Pero todo es espiritual. Cuando alguien consigue decirme dónde estan las fronteras entre lo físico y lo espiritual, quedo agradecido. En mi escuela evitamos usar ese vocabulario, que es muy apetecible para los manipuladores de signos y símbolos. Esa es una manera de condicionar a las personas.

 

¿Hay mucho en el yoga para quien viene con la esperanza de ser salvado?

Carlos Rui – Todos los objetivos son legítimos. Y todos los estudiantes esperan algo que sea propio de su esencia. Quienes somos nosotros para decir que deben empezar la práctica de yoga con éstas o aquellas expectativas? “A priori”, eso es censurable y limilativo. Hay quien viene para adelgazar, o porque el yoga aporta calma, porque tonifica …

 

Yoga o “Ioga” en relación a su presentación gráfica, ¿ es otro mito?

Carlos Rui – Sí y se ciñe a un problema de salubridad mental de la comunidad lisboeta y brasileira. Se importan cosas excelentes de Brasil, pero esa es de las lastimosas y accesorias. Existen diferentes tipos de yoga, pero la palabra es la misma desdes hace millares de años.

 

¿El yoga está de moda  hace , tal vez, tres mil años?

Carlos Rui – Estar de moda es subjetivo. En China, el Tai-Chi es muy popular,  pero es constatable que los hindúes nada saben de yoga.

 

Estar bien es intrínseco, al ver por las horas que pasan sentados en posición de loto…

Carlos Rui – Es posible, pero el yoga no forma parte de la cultura común hindú como no lo es el fútbol en la europea. Los grandes movimientos de yoga en India existen en función de la búsqueda de los occidentales y no del pueblo hindú. Los yoguis hindúe que quedan están en las montañas, en cuevas, en lugares sagrados y aislados del mundo exterior. Son ascetas y no están a la vista de los turistas.

 

¿Cómo le gusta que le traten: maestro, guru, instructor?

Carlos Rui – El término guru no pertenece al mundo en el que vivimos. Tiene (tuvo) aplicación en India como el individuo que da  la luz y retira de las tinieblas. Maestros, existen los maestros de diferentes artes y oficios, electricistas o fontaneros, que son muy útiles, pero quién usa ese término referido al profesor de yoga no tiene esa modestia. Hay que analizar el papel de la persona que transmite la enseñanza de yoga en el mundo occidental, que sólo tiene dos décadas de expresión. Es decir, no tiene expresión alguna en el contexto de la historia del yoga. Estamos todavía en la fase del enamoramiento y de la experimentación, y el término instructor tal vez sea el que menos confusiones proporcione, pues instruye pero no interfiere en la vida de las personas.

 

¿Qué diferencia existe  entre lo esencial y lo accesorio?

Carlos Rui – Existe una gran diferencia entre lo esencial y lo accesorio. Encender incienso, recitar palabras en sánscrito, ser devoto de una divinidad hindú, vestir saris, llevar el cabello rapado, ensayar una fisionomía ascética, negar la realidad objetiva del mundo exterior (aunque efímero), forma parte del indispensable folclore del yoga “new age”. Como se menciona en el Hatha-Yoga Pradippika (Cap. 1 ver. 66): “La perfección en el yoga no se alcanza por tener la apariencia externa de yoguin, por conversar y debatir sobre yoga … la práctica es el único camino para el éxito”. Esta es la verdad, sin duda alguna. No se puede cambiar de cultura como de camisa, apagar el pasado y cambiar la historia personal; pero sí podemos decidir lo que tiene sentido para nosotros en el mundo que conocemos, lo que pretendemos mejorar, transformar, transportar, como soporte en el camino hacia nuestra libertad.

“El objetivo del yoga es la transformación del cuerpo y de la consciencia del individuo en el sentido de conocerse”

“Me incomoda que algunos movimientos apellidados como escuelas de yoga, use con las personas una relación manipulativa”

“Es fundamental saber reir”


 

En lo más íntimo, ¿no deseaba vivir aquel lado místico y esotérico del yoga con el que probablemente sueña gran parte de los estudiantes occidentales?

Carlos Rui – Ciertamente, esa es una buena pregunta para cerrar esta agradable conversación. Pero francamente, todavía hoy, me gustaría saber qué es eso del lado místico y esotérico del yoga que puebla la mente de los estudiantes occidentales:

  • Andar vistiendo ropas hindúes y llevar el pelo rapado?
  • Repetir como un loro, de forma acrítica y acéfala, los libros de algún guru vendiendo con fervor (al comienzo) la falacia del maravilloso yoga antiguo?
  • Entregar, sin sentido crítico, la responsabilidad, gestión y control de su vida (y sus bienes) a la comunidad de algún guru?
  • Expresarse con palabritas mansas, parecer buenecito, emanar sensación de que sólo se tiene pensamientos elevados?
  • Tener un ataque de histeria cuando accidentalmente se pisa una lombriz o una hormiga, cuando a cada respiración y digestión extermina millares de pobres bacterias y virus (que sólo pretenden comer)?
  • Ver luces, tener temblores, espasmos físicos y gritar en grupo como un poseso?
  • Pasar horas escribiendo y discutiendo las charlas de un guru, preocupándose con cada palabra dicha como la más importante, sin percibir el contexto y sentido de su intervención?
  • Practicar siempre las mismas secuencias de posturas durante varios años, ser operado de las rodillas, padecer hernias discales, ejecutar los “asanas” desalineado y de manera antifisiológica?
  • Permanecer encerrado en una sala a una temperatura de 40 grados, sudando como un anormal, beber agua como un camello y esperar por el aplauso colectivo porque el profesor decidió, hoy, que usted  hizo mejor una de las posturas de la secuencia patentada?
  • Adherirse a un pseudo yoga tântrico para liberar la pía absolución del imaginario sexual?
  • No saber que hacer con su práctica de yoga si no utiliza de forma frenética y compulsiva las “tools” (bloques, cintos, bolster, cuerdas, etc.)?

Es obvio que algunas de las situaciones mencionadas anteriormente y otras, pueden formar parte del proceso inicial de aproximación al mundo del yoga. Es fundamental tener sentido del humor y saber reirnos de nuestra ingenuidad e inexperiencia. El problema reside en el hecho de que estas situaciones se conviertan en un comportamiento crónico y sean integradas como el objetivo (distorsionado) de la vida de un yoguin.


 

Yoga para todos los gustos

¿Está el Yoga conquistando el mundo?

Carlos Rui – El yoga parece estar integrado perfectamente en Europa y Estados Unidos, pero todavía no se ha liberado de la imagen algo exótica que Occidente, románticamente, le atribuyó. Actualmente, el término yoga es mucho más célebre por motivos menores y accesorios que por su esencia. Frecuentemente es confundido con algo monótono y en incontables ocasiones es reducido a una especie de gimnasia de “ásana” terapéutico, con aparatos de madera, cintos, mantas, o a un repertorio de “performances” contorsionistas y acrobáticas, muy de moda entre las estrellas del rock internacional. Verificamos en revistas y periódicos que el yoga es noticia regular, siendo usado como una poderosa herramienta de “marketing” para atraer a nuevos clientes a productos llamados naturales (yogures con bífidus, etc.) y sus dudosos beneficios. Los SPAs de moda cuentan con un profesor de yoga para el bienestar de sus clientes, los mejores gimnasios de las grandes ciudades también ofrecen los yogas de moda en las mejores horas. Las vedettes del “show business” de las series televisivas, de las telenovelas, pasan a comer vegano y practicar yoga tres veces por semana, entre dos cigarrillos y unos tragos de absenta. También aparecen anuncios de los más diversos tipos de yoga: yoga para nerviosos, yoga para embarazadas, yoga para asmáticos, yoga zen, yoga trascendental, yoga del poder, yoga danza, yoga kundalini, yoga para esocliosis, yoga para perros, etc… Como por arte de magia, un número increíble de seres humanos han descubierto la vocación de enseñar yoga, de esta forma los pseudomaestros y profesores de yoga nacen todos los días, como champiñones transgénicos, tal es la proliferación. Por esos motivos, puedo concluir que el mercado del yoga goza de una gran vitalidad en Occidente.

En mi sincera y modesta opinión, el yoga está dando los primeros pasos consistentes en el mundo moderno.

Francamente, todavía me parece prematuro hacer afirmaciones concluyentes sobre la notoriedad del yoga en Occidente. El gran despertar para el yoga en Occidente comenzó en los años 70/80, y es todavía muy pronto para hacer balances cualitativos, aunque en términos cuantitativos haya un auténtico “boom”

Texto – Tiago Salazar
Fotografía – Dora Nogueira



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