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Viagem espiritual

Quien pone su vida al servicio de la transmisión del arte del Yoga, tiene presente que, siempre, será un simple facilitador puntual del viaje espiritual del estudiante.

Podemos imaginar nuestra aparición en este mundo manifestado, como algo semejante a un universo que es absorbido por un agujero negro y se materializa en un conjunto de materia a la que llamamos vida, en algún lugar en otra dimensión del universo manifestado. Siendo la unión del óvulo y el espermatozoide el punto de partida entre lo inexplorado y el inicio de una fantástico viaje espiritual en este mundo conocido.

Lo que comprendemos del mundo que nos envuelve está, naturalmente, restringido por nuestra propia particularidad como seres humanos, y contra este hecho, no existen argumentos sostenibles.

Estamos “Kitados” con cerebro y un número restringido de sentidos, que nos garantizan la comprensión de parte de lo que nos rodea y una pálida imaginación de lo que eventualmente puede existir, para quien posea otro conjunto de instrumentos de aprehensión de la realidad.

En el fondo, nuestra realidad es siempre subjetiva y diferenciada, porque depende de la destreza, sensibilidad e ingenio con el que utilizamos la tecnología psicofísica que incorporamos.

Por ejemplo, en un local abierto, o restringido, en el que un grupo de personas interaccionan, cada elemento del grupo tiene una noción muy particular de la realidad humana y espacial que experimenta y está naturalmente condicionada por las memorias de sus experiencia vividas. Estando cada uno envuelto en su realidad virtual, vive ese momento con la probable convicción de que su realidad se cruza con la de los otros personajes presentes. Convicción susceptible de generar numerosos y divertidos equívocos existenciales (a veces risas hasta llorar)

La única semejanza entre dos seres humanos que se cruzan en la calle, es el hecho de darse que un determinado y específico momento de su forma, tiempo y espacio, están en coordinadas geográficas con algún grado de proximidad. El resto es pura coincidencia.

El mundo espiritual no tiene dogmas, fronteras ni restricciones. Es, naturalmente, un sistema abierto sin principio o fin. Consigue contener todas las definiciones, pero no puede ser definido por ninguna.

Sin embargo, nuestra existencia es, naturalmente, finita. Pero es exclusivamente a partir de esta condición, que podemos nutrir la intención de desarrollarnos espiritualmente.

Cualquier tipo de adoctrinamiento filosófico, religioso y comportamental es limitativo y ejerce el efecto perverso de enclaustrar nuestra efímera existencia en creencias y paradigmas que conducen a actitudes extremas, para su sostenimiento, originando casi siempre, como la historia de la humanidad demuestra, una enorme espiral de violencia para validar lo que es considerado como verdad para esas personas.

El problema es que la verdad es un elemento circunstancial y subjetivo, dependiendo de quién la va cocinando.

Así, la natural ausencia de fronteras que envuelve al mundo espiritual tiene como efecto directo la auto-responsabilización de la conducción de lo que consideramos es nuestra vida. Pero integrar este estado de “open mind” que coloca la existencia en el momento presente, “el ahora”, sin provocar turbulencia existencial, obliga a la previa comprensión de cuánto frágiles e insignificantes somos.

Sin embargo, no deja de ser extraña y perturbadora la necesidad que tienen tantos seres humanos de ser adoctrinados filosófica, religiosa o comportamentalmente. Tal vez sea una consecuencia directa del exagerado culto que prestamos a los personajes que creamos conscientemente, o no, para existir.

Creer, defender y servir lo que los otros pensaron ser bueno y útil para nosotros (pobres infelices), es el bálsamo apropiado para circular por la existencia levemente y de forma aséptica. Con la tranquilidad de tener siempre a nuestra espera la absolución de la auto-desresponsabilidad.

Y si, por ventura, la turbulencia existencial persiste y es más salvaje, intercambiamos unas palabritas con un profesional de la absolución y comemos unas hostias. Huimos hacia algún Ashram vistiendo túnicas naranjas y balbuceamos unas palabritas en sánscrito. O, simplemente, disertamos sobre todos los conceptos pseudo-filosóficos seguros y suficientemente higienizados para no tener ninguna aplicabilidad objetiva. En fin, remedios eficaces para dormir en la paz de la ignorancia celestial.

El Yogin es un explorador de la existencia y, como tal, está siempre caminado en dirección a lo desconocido, teniendo como herramienta para su viaje y supervivencia en lo desconocido de la existencia, las técnicas milenarias del Yoga.

Siempre tiene presente, por detrás de su mirar tranquilo, que cualquier verdad, por más seductora que sea, así como la vida, es transitoria y ni siquiera queda registrada. Es como un insignificante grano de arena en la polvareda del tiempo.

Presuponer que tenemos alguna cosa relevante para decir a los otros, obliga a tener un apretado control del culto al ego. Imaginen ahora el nivel de alerta necesario, para quién asume la responsabilidad de facilitador de la vida espiritual de los otros.

Perpetuar la transmisión espiritual del Yoga, significa estar consciente de la completa ausencia de cualquier tipo de verdad absoluta, principalmente de la impermanencia y fragilidad de nuestra existencia.

Ser profesor de Yoga significa, por encima de todo, estar al servicio de los estudiantes y no colocar a los estudiantes a servir sus intereses.

Claro que este tema no genera consensos, pues hoy en día el papel del profesor y el de estudiante de Yoga están, a propósito o inocentemente, remetido en una plácido baño-maría Sebastianista.

Por tradición, la enseñanza del Yoga tiene normas definidas. En la India, quien se dedica al Yoga tiene exclusivamente como objetivo su desarrollo espiritual y la liberación “Moksha”, en tiempo real.

Según tradición, un profesor no acepta a un estudiante de ánimo ligero, cuando lo hace asume el compromiso del guiar al estudiante de acuerdo con sus características y capacidades de entendimiento. Y, principalmente, hasta donde su propio conocimiento facilitador y desarrollo espiritual lo permite.

Por otro lado, el alumno también asume el compromiso de implicarse en la práctica de acuerdo con el Sadhana transmitido por el profesor. Y es en interés de esta relación (profesor/alumno) que ambos entiendan lo que está en causa. Uno tiene interés en ser orientado para progresar en el camino de su desarrollo interior. El otro deberá tener el conocimiento y las competencias para ser el facilitador inicial de ese proceso.

El conocimiento y competencias del profesor van madurando en un fuego suave, con tiempo, vivencias y experimentación de las técnicas y conceptos envueltos en un determinado abordaje del Sadhana, que conduce al desarrollo espiritual.

En realidad, un profesor tarda unos años en madurar y en reflexionar sobre sus conocimientos y experiencias, antes de proponerse a servir de facilitador en el desarrollo espiritual de alguien. Permaneciendo él mismo, y siempre, como un simple estudiante de la tradición del Yoga.

De hecho, para que un profesor de Yoga sea el facilitador del viaje espiritual de sus estudiantes, no basta ser un ávido practicante o tener un amplio conocimiento de las materias. Incluso cuando estén presentes estas capacidades en un profesor, todavía faltan los condimentos más importantes que son la capacidad innata de enseñar y la incondicional disponibilidad para estar al servicio de los estudiantes.

Estar al servicio de los estudiantes envuelve el conocimiento que permite acompañar y sugerir el Sadhana que se convertirá en la acción transformadora de la calidad de vida de los estudiantes.

Por otro lado, también está implícita una capacidad menos comprendida y querida por los estudiantes, que es: saber separar cuidadosamente a estudiantes que deben seguir otros caminos.

Es debido a la actitud honesta de empujar a algunos estudiantes fuera de la zona de confort y de enfrentarlos con la necesidad de entender que la vida está constituida de opciones, que un profeso pasa, muchas veces, de bestial a bestia.

La esfera de acción del profesor tiene límites relacionados con el número de estudiantes a los que puede atender, y con la espontánea comunicación espiritual establecida con ellos.

Dentro de este contexto, recordamos que el estudiante es el responsable de escoger su camino y el profesor que propiamente le hará crecer.

Todos somos estudiantes de Yoga y estamos envueltos en un fantástico y maravilloso viaje que implica recuperar aquello que fue olvidado en nuestro interior.

En el fondo, ya poseemos dentro de nosotros todo lo que necesitamos, nada se manifiesta a partir de nada. Para que algo pueda emerger en nuestra existencia, tiene que preexistir en la forma no manifestada.

Es aquí donde entra el personaje mencionado como “el facilitador del viaje espiritual”.

La capacidad de reconocer lo que está en estado de potencial no manifestado en cada ser, es otro de los atributos del profesor de Yoga. Así como entender que, independientemente del esfuerzo realizado, existen atributos que no se pueden manifestar porque no preexisten en la matriz de origen.

Cuando observamos una semilla de Soja y una simiente de Vid, podemos deducir que preexiste el Tofu en una de las semillas y en la otra un vino fantástico. Para que se manifieste cualquiera de los dos productos finales, es necesario conducir, de forma inteligente y secuencial, todo un delicado proceso.

Esto quiere decir que, para que el Tofu preexistente en una semilla de soja se pueda manifestar es necesario: primero sembrarla en suelo fértil, recogerla en el momento apropiado, remojar y moler el grano de soja, cocinar el tiempo necesario para extraer la leche de soja, añadir nigari o zumo de limón a la leche de soja, después separar el suero de la proteína, añadir hierbas aromáticas y otros elemento y, por fin, prensar con un peso específico. Finalmente tendremos una enorme variedad de Tofu listo para comer.
Con la simiente de la Vid, es necesaria una cuidada selección de castas y un tiempo y condiciones de madurez apropiados, para que un fantástico vino esté preparado para su degustación.

Si alguno de los pasos necesarios para que el proceso de resultado, no fuera cuidado y suficientemente madurado, resultaría un Tofu sin valor gastronómico y un vino débil y sin personalidad.

Es por ello que el conocimiento del Facilitador Espiritual tiene, de hecho, una enorme importancia. La vida espiritual preexiste en todos nosotros, pero la forma en cómo se va a manifestar, depende naturalmente de la conducción del proceso.

Como los ejemplos del Tofu y del vino, el despertar espiritual puede ser una estupenda experiencia o algo sin sabor y personalidad.

Es bueno estar siempre alerta y con mucha atención a esa pandilla de embaucadores-mansos indianizados que pretenden que de la semilla de la soja se manifieste el vino y de la simiente de vid, el tofu.

Cuando un estudiante de Yoga se desarrolla con los embaucadores-mansos, corre el riesgo de permanecer toda su breve existencia a la búsqueda de tofu en la simiente de la vid.

Para atenuar esa búsqueda infructífera, queda incondicionalmente devoto de los trapitos naranja y puede deleitar los oídos con mucho mantra cantado en la compañía de la guitarra y el violín.

El fluir de la vida está intrínsecamente ligado a nuestras opciones.

En el viaje espiritual, sólo necesitamos abrir el corazón y aceptar el profundizar, sin reservas, en nuestra verdadera esencia.

noviembre 3, 2014 , , Yoga


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